El diablo viste de Prada 2 (2026) es una de las pocas secuelas de los últimos años que parece necesaria. Mucho más, aportar algo a la historia que relató su icónica primera parte en 2006. Todo debido a una mezcla de buenas decisiones. Por un lado, la forma en que el director David Frankel retoma el universo, modernizándolo y haciéndolo más amplio, sin perder lo esencial de la famosa película original. Por el otro, como el guion de Aline Brosh McKenna enfoca una premisa que debe adaptarse a una nueva generación. Mucho más, que debe rendir tributo al fenómeno del que procede y que continúa siendo incombustible en la cultura pop actual.
La cinta logra ambas cosas, en especial, gracias a que su estupendo elenco retoma los papeles que hicieron famosos con enorme naturalidad. Todo, al aportar un inesperado crecimiento, desarrollo y profundidad a sus personajes. Por lo que la historia de una cansada Miranda (Meryl Streep) que batalla con pocas armas para salvar a Runway, sorprende por su honestidad. Lo mismo podría decirse de la forma en que su exasistente Emily (Emily Blunt) es una versión más aguda y cruel de la ambiciosa chica de la cinta inicial.
Pero la gran fortaleza de este trío de mujeres complicadas es la forma en que Anne Hathaway brinda a Andy Sachs una nueva importancia. Muy lejos de la asistente sobrepasada o la mujer castigada por su ambición, el talento de Andy es ahora crucial. Más interesante todavía, el guion la enfoca como un lugar que encontró su lugar en el mundo (financiero y personal) y está dispuesta a mostrar su valor. El cambio, que relanza al personaje luego de su polémico final en la primera película, es de hecho el punto que muestra el ritmo y el tono de la secuela. Hay sangre nueva en Runway y también en el mundo de la moda. Y eso puede ser bueno o malo.
El mundo digital contra la tradición

Una de las ventajas de El diablo viste de Prada 2 es que no se necesita haber visto la primera parte para disfrutar plenamente de esta secuela tardía. De hecho, el guion hace un buen trabajo al sostener toda su historia sin necesidad de recurrir (y cuando lo hace, es plenamente justificado) a la nostalgia. Por lo que la cinta tiene un tono rápido, interesante y bien planteado. Con habilidad, entra en materia: la tradicional, enorme e influyente revista Runway está en problemas. Y lo está, no por falta de calidad, sino porque se ha quedado rezagada en la gran conversación de medios contemporánea.
Algo que deberá encajar como puede y no siempre con gracia por su editora, Miranda Prestley. Meryl Streep brinda al ya clásico personaje una vejez incómoda, digna y divertida. De hecho, uno de los puntos más interesantes de la cinta es cómo analiza que Miranda entiende que su obra de toda la vida está por venirse abajo. La antes todopoderosa editora debe luchar a brazo partido para mantener a flote su mejor obra. Y es este giro lo que brinda a El diablo viste de Prada 2 su filón más interesante. Mostrar la decadencia del mundo editorial impreso frente al online se convierte de inmediato en el núcleo de la evolución de la premisa.

Mucho más, cuando la película se toma el tiempo de mostrar cómo se trata de un desgaste que lleva al final de una era. Lo mismo podría decirse de Mirada, sobrepasada en éxito, importancia y relevancia en un mundo que la ve como una reliquia. Pero la película jamás se regodea en la autocompasión ni muestra a Miranda frágil o derrumbándose. Antes que eso y en una sabia decisión, la trama la empuja como una fuerza viva que se reinventa para sostener a Runway. También, un estilo de contar la moda. Por lo que, en medio de la debacle, tomará la decisión de sobrevivir y lograr lo que parece imposible. Encontrar la forma en que la revista pueda continuar en un mundo que desconoce su valor e importancia. Algo que, claro, también podría decirse de la misma Miranda.
Una secuela especialmente honesta y frontal

Algo que sorprende, para bien, en El diablo viste de Prada 2 es el hecho de que la historia es una reimaginación fresca y bien planteada de su premisa original. Por lo que el mundo de la moda sigue siendo central. Pero también, ahora lo son todos los procesos que pasan a través de ventas, publicidad y publicación. La cinta es de hecho una rara mezcla entre el humor metaficcional y crítica al mundo de las pasarelas y lo que le rodea, pero también un retrato frontal sobre su estado actual.
Por lo que analiza sin medias tintas el declive del mercado de las revistas impresas y todo lo que significan. Runway intenta competir con el mundo digital sin lograrlo y gradualmente se viene abajo, llevándose en su caída a Miranda y su mundo. Por lo que resulta interesante la forma en que el argumento explora cómo el periodismo actual (y no solo de moda) debe luchar contra las mismas cuestiones. Buena parte del éxito de la cinta se encuentra en el hecho de explorar en su propio universo y hacerlo bien. Lo que evita que la secuela parezca simple, solo un ejercicio de nostalgia y fan service, como otras tantas en la actualidad.
La batalla por el éxito en ‘El diablo viste de Prada 2’

En medio de un panorama tan incierto, a Miranda solo le quedará una decisión para sostener a Runway: buscar ayuda. Y es el momento en que la cinta muestra el lado malo y el lado bueno de esta rápida evolución del mundo editorial tal y como la editora lo conoce. Por un lado, se encuentra Emily Charlton, ahora una poderosa ejecutiva de lujo y enlace con lo que precisamente Miranda detesta.
En otras palabras, influencers, el algoritmo, la celebridad instantánea y el mal gusto de lo inmediato. Y por el otro lado, la visión moderna, inteligente y fresca de Andy Sachs, que la ayudará a modernizarse. Pero lo hará en términos que Miranda entiende y maneja. Ahora bien, la cinta evita por todos los medios ser una batalla entre lo viejo y lo nuevo. Por lo que, en realidad, lo interesante de esta lucha es narrar qué está pasando en el mercado editorial. Lo que va desde la publicidad cada vez más escasa para las revistas al poder de los muy acaudalados sobre los medios tradicionales.
Pueden parecer temas en exceso serios para una comedia maliciosa, pero el argumento logra equilibrarlos de tal manera como para que no se vuelvan pesados. También, el uso del humor se vuelve cada vez más interesante y estimulante. Eso a pesar de que sabiamente, el guion rebajó el ego, la arrogancia y la pedantería de Miranda para enfrentar el fracaso con dignidad.
No obstante, las que realmente brillan son Anne Hathaway y Emily Blunt, que sacan lo mejor de sus personajes y evitan que sean solo sus versiones adultas. En específico, el brillo maduro, elegante y renovado de Andy sorprende. E incluso conmueve, como en un monólogo en que reconoce el valor de haber cometido errores y de encontrarse atravesando momentos en que aprecia su experiencia.
Viejos conocidos, nuevos personajes y también una multitud de cameos

Un lugar especial en esta película, con un peso tan considerable en personajes femeninos, es el de Nigel (Stanley Tucci). De nuevo, el personaje es un incisivo narrador que parece sostener el peso de muchas cosas que nadie se atreve a decir a la implacable Miranda. No obstante, se echa de menos más audacia al plantear el personaje y, sobre todo, más inteligencia en profundizar en sus matices.
Pero aun así, continúa teniendo una considerable importancia y es el equilibrio entre el humor y las partes más dramáticas de la película. También, aunque corta, la participación de Kenneth Branagh como el esposo de Miranda sorprende por la capacidad de hacer mucho con poco. No obstante, como con Nigel, la trama no parece saber qué hacer con sus personajes masculinos en un mundo esencialmente femenino.

Quizás, en una película tan rápida, ágil y llena de giros humorísticos, se echa de menos que todo lo que plantea llegue a una necesaria conclusión. En lugar de eso, la película pierde tiempo en cameos que, aunque divertidos, son tan completamente intrascendentes como para ser poco más que guiños a una nueva generación. Más sustancioso y muy interesante es el de Lady Gaga, que logra la proeza de brillar con luz propia en un elenco cargado de estrellas.
Para su final (más optimista y exagerado de lo que cabría suponer el tono honesto de la cinta), El diablo viste de Prada 2 parece despedirse de sus fanáticos. Pero como fenómeno que es, resulta incombustible y es evidente, en un cierre emotivo que sacará lágrimas en los fanáticos más sensibles. Una hazaña emotiva en una secuela que encontró su lugar en un universo icónico.
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